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Reformar la educación.
Por Emmanuel M. Banywesize
Expreso | 17.09.2006

 




Los defectos de la educación moderna, los desafíos de la complejidad que descubrimos en todas las esferas de la realidad y las de posturas políticas, económicas, socioculturales y relativas a la seguridad pública imponen la reforma de la educación en nuestras sociedades. Actualmente hay una idea fuertemente difundida, según la que el mundo atraviesa diversos tipos de crisis, desde la crisis de la educación. Es penoso que la crisis de la educación también está, sobre todo, ligada a nuestra manera de construir y de producir los conocimientos sobre la realidad y sobre el hombre en sus relaciones con sus semejantes, con el mundo y con lo divino.

La escuela en general y la universidad en particular, constituyen los lugares de educación en la construcción, en la producción de conocimientos necesarios para la inserción en la sociedad, en la vida profesional, etc. En los países de África, de América Latina y de Europa, asistimos al aumento de discursos que fustigan a la escuela y a la universidad de ser no aptas para aprender y, a la vez, para conocer, para hacer, para ser y para vivir juntos.

En consecuencia, hay que comprender que esos discursos estigmatizan algunos errores, mejor, algunos defectos de la educación en nuestra época.

Estos defectos se pueden resumir así: 1.La educación favorece cada vez menos la estimulación de la inteligencia general, del libre ejercicio de la curiosidad, facultad que el pensador Edgar Morin considera, con razón, como la más difundida y la más animada de la infancia y de la adolescencia; 2.La educación contribuye a la producción de la inteligencia miope y mutiladora de las realidades complejas. Ello nos enseña a considerar los aspectos de las realidades complejas, de la manera disyuntiva y reductora. Al hacerlo, produce gente que no está a la altura de los desafíos del conocimiento y de la vida en un mundo que, al transformarse, se muestra más complejo y que el hombre está lejos de volverse maestro y posesor, según el deseo de los pensadores europeos modernos desde René Descartes; 3.La educación participa en la producción o en la exacerbación de etnocentrismos, de comportamientos individualistas generadores de múltiples frustraciones, de fundamentalismos, de xenofobias de todo tipo; 4.La educación enseña cada vez menos la complejidad y la condición humana. De ello resulta que no enseña que los hombres, que, siendo tan diferentes cultural, racial o económicamente, comparten la misma “comunidad de destino”.

Todos ellos están inscritos dentro de la trama histórica de la vida y del cosmos; lo que asesta un golpe a los individualismos de todo tipo. En cambio, esta pertenencia a una misma comunidad de destino, sentencia a los hombres a la comprensión mutua, a vivir juntos, a aumentar entre ellos las solidaridades, las complementariedades, a pensar en común las estrategias contra las diversas amenazas que pesan sobre el hombre y sobre el planeta, nuestra Tierra-Patria, según la expresión tan del gusto de Edgar Morin.

Desde luego, en nuestras sociedades, los educadores han necesitado de medios materiales para la eficacia de sus tareas. Pero más allá de esta necesidad, hoy en día importa (re)pensar radicalmente a la educación para formar mejor a los hombres y a las mujeres a la altura de los desafíos presentes y futuros, en los diferentes dominios de la vida y de la realidad.

Es, por lo tanto, notable que la crisis de la educación es tributaria de la lógica y del paradigma que gobiernan y comandan la manera en que nosotros producimos los conocimientos sobre nosotros mismos, sobre nuestra presencia en el mundo, sobre nuestros semejantes, jueces extraños y extranjeros, sobre nuestras culturas y sobre las de ellos, etc. En nuestras escuelas y en nuestras universidades, la lógica aristotélica y el paradigma de disyunción, nacida de la modernidad occidental, sostienen nuestra educación y comandan nuestra producción de conocimientos. Esta lógica y este paradigma, que se refuerzan mutuamente, tienen la particularidad de poner disyunciones entre la naturaleza y el hombre (y de poner a éste al lado de aquella), entre los hombres de diferentes razas, de diferentes culturas y de diferentes creencias. Nosotros fuimos educados para considerar a los seres y a las cosas en una relación de binomios: lo ve rdadero y lo falso, lo bueno y lo malo, la cultura y la barbarie, los pueblos civilizados y los pueblos considerados bárbaros, los creyentes (los fieles) y los paganos (los cruzados). Es obvio que esta lógica y este paradigma son, en gran medida, responsables de los comportamientos abigarrados, violentos, engendrados por la educación en nuestras sociedades.

En consecuencia, hoy en día es necesario promover un sistema educativo a la medida de los desafíos y de las exigencias de nuestra época. Desde mi punto de vista, el éxito de la reforma de la educación depende también y sobre todo de la reforma de nuestras escuelas y de nuestras universidades a fin de aprender a enseñar de otra manera, a conocer de otra manera a los fenómenos de la realidad, a vivir juntos de otra manera. Se trata de enseñar a nuestros hijos la comprensión humana, la complejidad humana, la pertenencia de los hombres y de las mujeres, siendo diferentes, a una misma comunidad de destino. Se trata de educar para el uso de una lógica que desde luego permita distinguir, pero también y sobre todo de conectar las cosas, de globalizar sin jamás obligar a contextualizar; educar para vivir juntos sobre nuestra Tierra-Patria.

*Maestro de la Universidad de Lubumbashi, en la República del Congo, es miembro del Consejo Académico Internacional de la Multiversidad Mundo Real “Edgar Morin” www.multiversidadreal.org
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