Jamás como en este tiempo de difíciles equilibrios geopolíticos mundiales resuenan tan fuertes las palabras de Edgar Morin, expresadas en su libro Pensar la Europa, sobre la necesidad que tiene el viejo continente de reconquistar el rol de protagonista del diálogo entre la civilización y la búsqueda del equilibrio en el orden mundial.
Sin embargo, y no obstante los auspicios del gran pensador francés, Europa parece ir en una dirección dispersa y confusa. En los últimos vestigios de una veta de exaltación eurocéntrica se ha producido una gran desconfi anza, un défi cit de creatividad e iniciativa, una disolución de valores y de identidad.
Si grande es su herencia e infl uencia histórica ambivalente, su presente es mediocre y el futuro bastante incierto. El efecto de la globalización depende en gran medida de las resistencias, la inercia conservadora de la cultura académica, las rígidas políticas de los estados de la Unión Europea, los organismos empresariales, la repetición cultural y la preferencia por el proteccionismo en lugar del riesgo de la competencia, del desafío en mar abierto.
Signifi cativamente, la decadencia en términos de invención y de innovación se entrelaza con la pérdida de la propia tradición vital e inevitable de sus propias raíces.
Actualmente Europa está envuelta en un drama psicopolítico: no cree más en sí misma y observa la globalización temerosa y a la defensiva.
La merma demográfi ca es un indicador complejo, que revela mucho más que una simple crisis de la familia y de la pareja.
Por otra parte, Europa unida produce un globalismo localizado y decreciente, es decir, un exceso de legalidad, y por otro lado una reglamentación abstracta, desigual e incontrolada que aleja a las instituciones unitarias europeas (Bruselas, Estrasburgo) de la realidad viviente y plural de sus naciones, regiones y ciudades históricas percibidas por sus habitantes como entidades burocráticas, tecnocráticas y distantes.
Se trata, de hecho, de una estrategia de verticalización y centralización que pretende aplastar y marginar aquellas pluralidades y diferencias que dibujaron a Europa como el territorio de una civilización admirada y rica de esplendores culturales que permanecen como un patrimonio de valor universal.
Al principio la reconstrucción de la geografía sociopolítica europea ha sido virtuosa, con la intensidad de los intercambios y las relaciones derivadas del auge del mercado común europeo, creadores de benefi cios no sólo materiales, sino también de relaciones pacífi cas, superando aquellos nacionalismos ancestrales que han desencadenado dos guerras mundiales. Parece, pues, como si hubiera perdido el alma y el horizonte.
Este deterioro burocrático acompaña a otro globalismo: un globalismo jurídico supranacional expresado por instituciones diversas que actúan como agencias políticas globales (OMC, FMI, Banco Mundial) y que pretenden imponer directrices y controles para limitar y enjaular los procesos espontáneos del desarrollo.
El hecho es que la unión europea, aún representando pueblos y países todavía vitales, permanece como un enano político, sobretodo en el arduo pero fundamental campo de la política internacional, lastimando el prestigio milenario de Europa en el mundo.
Si la crítica sobre el unilateralismo de Estados Unidos (una superpotencia que revela una trágica impotencia en el sanguinario pantano iraquí) no se acompaña de la creación de un bloque europeo decidido y visible, entonces hay que renunciar a una política internacional multilateral.
América Latina, Asia y el tercer mundo tienen un interés legítimo de tener como interlocutor y socio a una Europa protagonista del libre intercambio y no proteccionista, una Europa activa en el multilateralismo y no una región congelada e inútil. La auténtica vocación europea, como ha recordado el gran pensador francés Edgar Morin, es pluralista.
Con esta vocación, Europa ha generado civilidad, y cuando la ha autodestruido ha generado totalitarismos y guerras globales.
No hay duda: una Europa pluralista, refundada en sus autonomías internas, puede ver renacer su creatividad cultural y material, y convertirse en un factor de convergencia en el mundo de la competencia y la cooperación.
Ese es el desafío.
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