 ¿Quién me presta unas palabras para describir en síntesis la visita de Edgar
Morin a México? Las 500 personas aplaudiendo de pie en el auditorio del Centro
Nacional de las Artes y docenas más repitiendo el homenaje en los pasillos me dan
una idea: fue el magnífico espectáculo de quien es capaz de conmover con la inteligencia.
Fue, por cierto, un hecho poco frecuente. Es verdad que algunas orquestas sinfónicas
o espectáculos magníficos han provocado el entusiasmo del auditorio; pero los
asiduos concurrentes no recordamos que hubiera sido un hombre solo, sin más
recursos que sus citas a Hegel, Marx, Ortega y Gasset u Octavio Paz, el que hubiera despertado
entusiasmo tan contagioso.
Además no es el público que conoce las tonadas pegajosas de una melodía o que se derrite en admiración por
el ídolo fabricado en la radio. Por el contrario, el auditorio está compuesto por esa elite conformada por
menos del uno por ciento de la población de un país latinoamericano, la de universitarios avanzados.
Los aplausos continúan y no se trata de un ejecutante virtuoso ni de un bailarín vigoroso. No es tampoco
un predicador de milagros ni un prestidigitador asombroso. Es un buscador de la verdad. Un filósofo. Sí. Cuentan las viejas crónicas que el mexicano Antonio Caso, uno de los fundadores de la Universidad
Popular y del Ateneo de la Juventud llegó a salir en hombros después de alguna conferencia…
… pero en los albores del Siglo XXI, en la era de Internet y de la parafernalia tecnológica, no deja de
sorprender el magnetismo y sencillez de un sabio que se limita a dar una vuelta a la bufanda como única
defensa contra el frío, mientras su auditorio, con un promedio de edad medio siglo más joven, a duras penas
puede contener la tos provocada por el bajo nivel de un aire acondicionado más apto para pingüinos que para
el confort de un auditorio.
Es, antes que nada, un hombre generoso. Así lo demuestra cuando su paso es interrumpido en el vestíbulo
por un periodista ansioso que lo interroga sobre temas tan diversos como las últimas rebeliones
juveniles en París y los bajos niveles de los quinceañeros mexicanos, según la Organización para la
Cooperación y el Desarrollo Económico.
Recuerda Morin que Francia es un país de inmigrantes; habla de cómo se ha perdido la tradición hospitalaria de una Nación que simbolizó
el inicio de l a democracia moderna y de lo injusto que suelen ser las caracterizaciones, cuando en un país tan complejo
como México se promedian calificaciones altas con otras bajísimas, dando
resultados tan verdaderos como engañosos.
El tema sigue presente minutos más tarde, cuando nos recuerda, ya sobre el escenario del
Centro Nacional de las Artes al personaje central de El Padrino, la obra de Mario Puzo
protagonizada en cine por Marlon Brando. Cierto, se le puede caracterizar como un criminal, pero
entonces hay otras partes de él que se diluyen: un padre, un buen vecino y en ocasiones hasta un
justiciero.
Hablará Morin de la importancia de la historia en la educación: del papel de las universidades;
del origen de la democracia; de cómo Shakespeare, en la visión de Octavio Paz, debería ser una lectura obligada para los políticos y de cómo en Irak
y el Medio Oriente, el terrorismo ha sido sustituido por el terror.
De Enrico Fermi al Ácido Desoxirribonucleico, de la revolución de Internet a la educación a distancia, de los griegos a la Revolución
Francesa, del cine del Siglo XX al mestizaje del flamenco y el rescate de la tradición gitana. Morin es un octogenario que corre por los siglos a velocidad luz sin provocar el vértigo.
La nave que conduce nos lleva a todos sin que nadie se pierda en la travesía, ni salga despedido de su asiento. Ni siquiera aquellos que tuvieron que tomar un
sitio en los pasillos y escaleras.. Acudimos a la primera de las Guerras Médicas, vemos al inmenso imperio persa acechando a
los griegos y sin embargo derrotados en Maratón; pasa el tiempo y están ahí otra vez, ahora por mar con una armada invencible que sin embargo es
nuevamente vencida. Muy poco después acudimos en esas mismas islas, ahora llamadas polis, al nacimiento de la Democracia. Ahora vemos esa tragedia llamada "Terrorismo" que provoca cientos de muertes; pero pocos años más tarde ese ente no necesita desinencias ni
derivados. Es la sangre de cientos de miles la que se ha derramado. Son los nuevos persas, ahora llamados Marines que se imponen con armas futuristas
en Irak. El terrorismo es ahora más terrible porque ya no admite eufemismos es simple y llanamente TERROR. No entendemos el problema, parafrasea Morin, y ese es el problema. No existe la más privada de las actividades humanas que pueda
esconderse del poder de los satélites; el celular, la mágica herramienta de comunicación, puede ser empleada en nuestra contra para localizarnos y
aniquilarnos. En la sesión de preguntas y respuestas nuevamente viene a cuento la complejidad, que Morin explica con tanta claridad y sin embrollos. Nos dice
también: la educación a distancia es una herramienta maravillosa si se complementa con la emoción del maestro; la Universidad debe recoger toda la
historia del pasado para empezar a inventar lo que será la historia del futuro, no existe razón sin emoción, ni emoción sin corazón. Benjamín Juárez, director del Centro Nacional de las Artes es el primero en ponerse de
pie para compensar con su aplauso, un poco de la emoción que nos ha dado Morin con su discurso, le siguen los rectores de varias
universidades y más tarde cientos de jóvenes estudiantes que han sido los últimos en reaccionar, como decodificando no el discurso, siempre claro, sino
la trascendencia que tendrá en sus vidas esta memorable tarde. "La ciencia puede ser criminal si se olvidan el humanismo y la ética. Gracias por
despertar en nosotros este recuerdo". SIMPLEMENTE ÉTICA
Estamos ahora en la Mesa Educativa para Rectores, presidida por el filósofo
Edgar Morin, según anuncia literalmente, con negritas y subrayado, el programa de Universia,
la red de Universidades. Quien agradeció el recuerdo fue el maestro Raúl Valadez, rector de la Universidad La Salle. En México, hace rato que pasó la hora de la comida más importante del día y Morin apenas ha
tenido oportunidad de darle una mordida a la empanada que se le ha ofrecido.
Ha establecido el diagnóstico y ahora, ante los hombres y mujeres que tienen el
poder de cambiar los destinos de miles de estudiantes capaces de repensar y
reinventar el futuro, Morin centra su mensaje en la palabra más corta para una definición tan
compleja: Ética.
Se pueden definir al menos dos tipos de personalidad, dice Morin, la generosa y la
egocéntrica. "Mi felicidad, mi interés, mi porvenir, mi espacio, mi familia". Hay un
egocentrismo útil, pero desde la infancia empieza la necesidad de afectividad.
En cualquier conflicto hay una tendencia para buscar la culpa del otro, pero al
mismo tiempo es indispensable relacionarnos para satisfacer ese egocentrismo. Al egoísmo hay que añadirle una inercia burocrática que retrasa las cosas
benéficas. Mencionó Morin el caso de una cátedra que no se inició en París, tres lustros después de que un científico ganó un premio
Nobel en la materia. Más Sobre la ética y lo que ocurrió en la visita de Edgar Morin a México será reseñado en la segunda parte de esta crónica. |