
“Lo vi, con sus 85 años cumplidos, mejor que nunca. El guerrero de la inteligencia,
el sociólogo, el antropólogo…”
Celebré que la cena-homenaje a Edgar Morin se hiciera en una casona histórica de nuestra ciudad: en
Francisco Sosa. Mansión que fuera del historiador que dió nombre y oro a la calle. Nosotros, mi mujer y yo,
vivimos por años a su vera. Los nuevos poseedores de la mansión enriquecieron con su generosa y conmovida recepción el tránsito, siempre con rasgos de huracán, pero búdico, de Edgar Morin.
Hacía unos años que no lo veía personalmente, aunque de vez en vez le envío notas a su e-mail de París.
Lo vi, con sus 85 años cumplidos, mejor que nunca. El guerrero de la inteligencia, el sociólogo, el
antropólogo, el ecologista que se parece a Humboldt, tiene más escueta su cabeza, más afilados sus rasgos
gandhianos. Esperé a que se calmara la pasión que despierta y me senté a su lado a cenar, con dos señoras,
para oírlo. Su español es también más agudo y vibrante. Como si las raíces sefardíes de la familia
transformaran el español del Siglo de Oro en una comunión dialéctica nueva.
Tuvimos ocasión, a medias palabras, de tocar dos o tres temas, de acá y de allá, que no requerían
largos discursos. Sabíamos la urgencia de decir y escuchar. Le dije que tenía en casa la fotografía con mi
esposa —la suya está doliente y al hablar de ella su cabeza se hizo más tensa— que nos hiciéramos, ante un
helicóptero. En él volamos, los tres, por el estado de Veracruz, cuando le concedieron el Honoris Causa de
la Universidad del Estado. Su rector tuvo la gentileza de que yo hiciera el discurso de su semblanza. La
de un hombre que no puede ser asumido, entendido y celebrado nada más que como un sabio vivo. En la cena
de Francisco Sosa, siempre curioso, celebró un platillo (verde brillante) que le ofrecieron. Preguntó,
encantado, cuáles eran sus ingredientes.
En Veracruz, después de los discursos del Honoris (“estoy empapelado de Honoris” me dijo lejano) bailó
incansablemente los sonares del estado. Una joven y mi mujer me empujó para que aceptara, me sacó a bailar
aunque yo no sé bailar. Me salvó de la ignominia que su proposición fuera un baile de saltos y piruetas.
Para un yogui ese es un tema sabido por lo cual, hasta que se cansó, salté a su ritmo. Edgar Morin me dijo
feliz: “cumpliste”. Le contesté: “Ella no sabe que es mi noviciado”. Mi mujer se rió.
Ya en casa volví a releer los primeros capítulos de un libro de Morin: Vidal et les siens (Vidal y los
suyos) hasta la página 124 en la que dice así: “León Nahum se instaló en Bruselas con su mujer Julia, su
hija Cari y el hijo que había tenido, en 1921, Edgar”. Una inmensa historia universal, desde la expulsión
de los judíos de España hasta la aparición en Bruselas e inmediatamente en París. Edgar, hijo de su tiempo,
fue comunista y miembro de la Resistencia. De su oposición al stalinismo, su libro alertador: Autocritique.
Heredero de la Ilustración y la libertad, su obra representa todos los saberes acumulados, pero
trascendidos a una pasión que ilumina su cabeza, cada vez más ascética: el conocimiento. Dos libros suyos
han tenido lectura en mi facultad: Los siete saberes necesarios de la educación, libro prodigioso, y La
téte bien faite. Cuando me lo firmó, en su día, le dije que en español yo prefería a la “cabeza bien hecha”,
la “cabeza bien puesta”. Esa noche, en la casona y con sus dueños al lado, gente de saberes y bondad, vi el libro
traducido: La cabeza bien puesta. En su dedicatoria en el libro en francés me recordaba, con un “entrecomillado”
sobre mi cabeza y la cabeza bien puesta. Elogio ahora, una vez más, su cátedra universal: El Pensamiento Complejo.
Está apadrinada por la UNESCO, que se enriquece con ese pensamiento que eleva la complejidad frente a la simplificación,
a la categoría humanística de Las Luces.
alponte@prodigy.net.mx