
Las sorpresas y desafíos de la actualidad tienen la peculiaridad de su impacto cotidiano en
nuestras vidas, no importa si ocurren en regiones distantes del planeta o a la vuelta de la esquina:
sus efectos se sienten y trascienden al entorno más inmediato de la vida de cada uno
Edgar Morin*
Vivimos una época llena de sorpresas y grandes desafíos. Ellos se hacen presentes en los
contextos más inmediatos de la vida privada de las personas, y en todo el medio social, cuando
rebasan los límites del hogar, el barrio, la ciudad, la región, el país. Se incrementa la
percepción social de que vivimos en un planeta cada día más pequeño, enfrentado a monumentales
problemas compartidos, los cuales se agolpan y agigantan en la agitada espera de soluciones que
no llegan.
Las sorpresas incluyen avances científicos y tecnológicos espectaculares, acontecimientos mundiales que en un instante mueven la historia humana, la política y la vida personal por derroteros imprevistos, algunos catastróficos y desgarradores como el 11 de septiembre de 2001 y las guerras ulteriores; otros, constructivos y esperanzadores como los avances democráticos, el crecimiento de la conciencia ambiental ciudadana y el esfuerzo por abrir el camino a un mundo mejor.
Todos tienen la peculiaridad de su impacto inmediato en nuestras vidas, no importa si ocurren en regiones distantes del planeta o a la vuelta de la esquina: sus efectos se sienten y trascienden al entorno más inmediato de la vida de cada uno.
Fenómeno dual
Este fenómeno dual del impacto inmediato y la trascendencia personal
de lo que ocurre en el globo terráqueo nos coloca ante tensiones existenciales que con frecuencia
resultan insoportables. Con la misma intensidad con que nos permiten avanzar y vivir en un mundo
renovado y dinámico, provocan efectos destructivos.
Así, las tensiones que conducen al cambio social y a la búsqueda de nuevos horizontes de futuro, también conducen a la pérdida de las perspectivas ante ese futuro, al desánimo, la apatía, la depresión y a conductas autodestructoras como la drogadicción.
En su conjunto, estas tensiones incluyen la ampliación del conocimiento científico y sus vínculos con la producción, el bienestar, la vida cotidiana y la salud; el cambio tecnológico y metatecnológico; el crecimiento económico y sus efectos ambientales; la salida del trabajo, el ocio y el entretenimiento humanos al ciberespacio; el deterioro de los mercados y la crisis energética; la violencia doméstica y urbana; la falta de empleo y la inseguridad ciudadana; la incertidumbre ante el futuro; la polarización del bienestar y la pobreza, y la marginalización de amplios sectores de la sociedad mundial.
Las tensiones y los cambios producen también una notable activación de la ciudadanía, la cual reconoce e intenta responder a estas nuevas circunstancias de una humanidad cada vez más planetaria.
Sin embargo, aquí también se deja sentir la dualidad desgarradora que incluye solidaridades impensables, en épocas anteriores, por su magnitud. Solidaridades habilitantes que movilizan grandes sectores de población y aún a los ciudadanos más distantes del planeta para buscar soluciones a problemas globales, o para atender emergencias humanitarias y ambientales. Y también solidaridades perversas que crecen bajo la sombra protectora de la marginalización creciente y cobran cuerpo en las pandillas y otras hermandades delincuenciales.