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Ética, ciudadanía planetaria, reforma de la enseñanza y el pensamiento
Campus Milenio | 13.12.2007

 

La sociedad-mundo
La planetarización de la humanidad impulsada por el cuatrimotor técnico, científico, económico y de beneficios nos ha conducido al momento actual en que enfrentamos grandes desafíos de supervivencia y una crisis que no se reduce a las urgencias ambientales, económicas y sociopolíticas ampliamente reconocidas.

Nos encontramos ante una crisis de la humanidad que consiste en la presencia simultánea de condiciones de infraestructura comunicacional, técnica y económica para una sociedad-mundo, y la imposibilidad de constituir el sistema jurídico, la “gobernanza” y la conciencia común necesarios para hacer posible esa sociedad planetaria.

Los obstáculos para la aparición de una sociedad-mundo son enormes, y expresan la inmadurez de la humanidad para realizarse a sí misma. Inmadurez de los Estados-nación, de las mentes, de las conciencias; junto a resistencias nacionales, étnicas y religiosas que es necesario superar. Paradójicamente, si esas resistencias fueran eliminadas en las condiciones actuales, propiciarían una dominación implacable. Nos encontramos entonces en un círculo vicioso, pues la sociedad-mundo es condición previa para salir de la crisis de la humanidad, y la reforma de la humanidad es una condición previa para llegar a una sociedad-mundo.

La barbarie civilizada: civilizar la Tierra
La era planetaria tiene entonces un rostro definido de barbarie civilizada que incluye formas globales de destrucción —identificables en el modelo productivo que corroe las bases de la vida en la Tierra, las guerras y la amenaza constante de la destrucción de la humanidad mediante el uso de las armas nucleares— y formas locales —comunitarias, familiares, personales— de autodestrucción.

Para salir de la barbarie civilizada, de la Edad de Hierro de la era planetaria, se hace necesario crear instancias planetarias que estén en condiciones de afrontar los problemas vitales y considerar la confederación y la democratización planetarias, reformar y democratizar la Organización de Naciones Unidas (ONU), desarrollar las virtudes y cualidades de la civilización occidental mediante la promoción de una política de civilización que milite contra la atomización y compartimentación de los individuos, restaure responsabilidades y solidaridades y reduzca la hegemonía del cálculo y el beneficio, propicie la economía solidaria, el comercio equitativo, la ética de la calidad.

Nada de esto será posible mediante un acto de prestidigitación que produzca un cambio mágico. Como hemos señalado, lo singular de las condiciones planetarias en que vivimos hoy consiste en que contamos con las condiciones de infraestructura necesarias para vivir en una sociedad-mundo, pero nos falta la gobernanza imprescindible para ello.

Un superpoder podría generar una dictadura planetaria —probable en teoría e improbable en la práctica—, pero incapaz de resolver el conjunto de problemas mencionados, pues la solución de todos ellos es impensable sin la existencia de una nueva personalidad ciudadana, un ciudadano planetario que se reconozca a sí mismo como tal y esté dotado de un pensamiento renovado que le permita actuar de modo renovador para construir la sociedad planetaria más allá de las fronteras de ésta, su Edad de Hierro.

Para civilizar la Tierra es necesario reformar las mentes, reformar el pensamiento y abrir las puertas a una nueva ciudadanía planetaria que nos permita estar en condiciones de afrontar los problemas fundamentales y globales de la vida privada y social.

Esta reforma del pensamiento podrá realizarse mediante la educación, pero una vez más nos encontramos aquí frente a la paradoja de que el sistema educativo actual es incapaz de asumir este reto y necesita, a su vez, ser reformado. ¿Por qué?

Porque la fragmentación del conocimiento en disciplinas cada vez más concentradas en pequeños dominios de hiperespecialización, la sumisión de la enseñanza a las necesidades inmediatas del mercado laboral, el énfasis en la búsqueda de certezas cognoscitivas que justifiquen la acción humana, la separación dicotómica del conocimiento y la ética, la preocupación constante por formar más “especialistas” en pequeñas parcelas del conocimiento, lastran el esfuerzo educativo contemporáneo y lo inhabilitan para formar personas capaces de comprender y enfrentar los retos globales.

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